
El Hombre de Traje se levanta religiosamente a las 8 am. Desayuna cereales y yogurth (como es de costumbre), realiza sus tareas reglamentarias y cotidianas (se alimeta, se higieniza y se viste) y parte rumbo a su trabajo en la oficina como siempre: a las 9. El día y la ciudad le agregan un decorado gris al viaje.
Arriba al recibidor a las 10 menos cuarto. Uniformado, el diámetro del nudo de la corbata es menor que su cuello. Respirar se dificulta.
El ascensor es el nexo con su laboriosa tarea. Piso 11, oficina B. Cuando entra observa que todo está exactamente donde lo dejó. Reina un orden supremo. El aire oprime las vértebras y de una manera u otra obliga a encorvarse aunque sea un poco.
Arriba al recibidor a las 10 menos cuarto. Uniformado, el diámetro del nudo de la corbata es menor que su cuello. Respirar se dificulta.
El ascensor es el nexo con su laboriosa tarea. Piso 11, oficina B. Cuando entra observa que todo está exactamente donde lo dejó. Reina un orden supremo. El aire oprime las vértebras y de una manera u otra obliga a encorvarse aunque sea un poco.
Una vez sentado en su módica silla, se reclina dejando al descubierto la completa fisonomía de su torax. Poco a poco, empieza a salir ese pequeño hombrecito verde, un duendecillo muy afable y sonriente, con unos zapatitos rojo carmín y un suave trajecito de felpa color canela. Se saludan muy energéticamente, como los amigos que no se ven de hace mucho tiempo. Las palabras no pierden el tiempo: pasan la tarde hablando de cunas y de matices, de sueños y raíces, mientras beben té de origen y se deleitan con fina repostería. Las carcajadas y las miradas cómplices vuelan por la habitación, creando en fracciones de tiempo diversos tonos y paisajes campestres.
La dulzura en el tacto se vuelve caricia, y la magia, parece por infinita vez suceder. No lo comprenden, pero no quieren hacerlo, saben que lo disfrutan y eso les basta.
Aunque la atemporalidad parece sólo suceder en el reino de los ficheros y las biromes. Afuera ya dan las 6 de la tarde, el timbre atrofia el ambiente y las salidas se colman. El Hombre de Traje se despide rápidamente del duende que vive en su pecho y corre al pasillo, para encajar en un diminuto sitio en la esquina del ascensor. Agobio no es la palabra, Impersonalidad, Sí.
El colectivo lo deja de vuelta en casa, donde el Hombre de Traje afloja sus zapatos y se tiende en la cama. No estuvo parado ni en movimiento mucho tiempo, pero aún así está cansado. Cuando la Luna se corona emperatriz del reino del cielo, lo sorprende con las pestañas bajas y la respiración más pausada. Las estrellas, cómplices, miran como el Hombre de Traje está durmiendo.
La dulzura en el tacto se vuelve caricia, y la magia, parece por infinita vez suceder. No lo comprenden, pero no quieren hacerlo, saben que lo disfrutan y eso les basta.
Aunque la atemporalidad parece sólo suceder en el reino de los ficheros y las biromes. Afuera ya dan las 6 de la tarde, el timbre atrofia el ambiente y las salidas se colman. El Hombre de Traje se despide rápidamente del duende que vive en su pecho y corre al pasillo, para encajar en un diminuto sitio en la esquina del ascensor. Agobio no es la palabra, Impersonalidad, Sí.
El colectivo lo deja de vuelta en casa, donde el Hombre de Traje afloja sus zapatos y se tiende en la cama. No estuvo parado ni en movimiento mucho tiempo, pero aún así está cansado. Cuando la Luna se corona emperatriz del reino del cielo, lo sorprende con las pestañas bajas y la respiración más pausada. Las estrellas, cómplices, miran como el Hombre de Traje está durmiendo.
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